Y EN VERDAD OS DIGO...

 

 

 

Hace 2000 años vino al mundo un hombre, un hombre con un propósito divino, el de mostrarnos a Dios, salvarnos a través de lo que tenía que contarnos, la verdad que nos haría libres, libres del dolor. Su mensaje, aunque entonces no lo comprendieron, quedó impreso en las mentes y corazones de todos los hombres y se fue transmitiendo, generación tras generación, hasta llegar a nuestros días.

En ese tiempo la codicia, la ambición y la  auto gratificación eran considerados comportamientos  socialmente “normales” y este hombre de corazón puro y alma transparente, sufrió al ver tanto dolor  en los corazones de los hombres y quiso salvarnos de ese sufrimiento enseñando que a través del amor al prójimo nos salvaríamos, pero que, para lograrlo era necesario desprenderse del ego.

 Su comportamiento nos hace reflexionar sobre la procedencia y existencia de un hombre que dedicó su vida a transmitir a los demás una nueva forma de pensamiento totalmente “revolucionaria” para la época. Fue el impulsor de otra forma de vivir, aunque hasta hoy esta forma no está totalmente desarrollada. El amor es el sentimiento más noble y valorado en el comportamiento humano.

 

Aunque se le considere como un ser puro, que sí lo era, también es cierto que actuó y sintió como cualquier ser humano, emociones tan conocidas como la ira en el templo, la tristeza, la desesperación, pero también sintió la compasión, la comprensión la misericordia etc. Todo ello motivado por las circunstancias en las cuales desarrolló su misión. Por ello Él mismo se hacía llamar el hijo del hombre, para que comprendiéramos que Él era como nosotros y que nosotros podíamos llegar a ser como Él.

 

 

Mi sentir es que su muerte en la cruz, no tiene nada que ver con la intención de demostrar quién era, ni que con ello nos liberara de nuestros pecados, ni con la intención de ser considerado un mártir, si no que no podía renunciar a la verdad, aunque supiera que esa verdad le costara su propia vida.

Murió con la intención que viéramos, que incluso bajo el precio que sabía que pagaría, no renunciaría a lo que él sabía que era la verdad. Sus actos nos certificaban su origen y la garantía de quién era.

¿Si su muerte era para salvarnos de nuestros pecados, entonces porque nos siguen diciendo que “quien peca Dios castiga”?

Si murió con la intención de que con ello lo veneráramos ¿qué pretendía obtener con eso un ser con tan elevado estado de amor? Porque ese estado elevado de consciencia es incompatible con el pretender que lo glorifiquen.

La constante exaltación y veneración de la imagen del Cristo crucificado sólo representa nuestra ignorancia, pues esa imagen nos hace ver y recordar un error, el de su muerte, que representa la maldad del ser humano de matar al que le molesta por tener diferentes ideales y convencimientos, cuando estas vayan en contra o simplemente sean distintas de lo que pensamos y a la fuerza  queremos imponer al otro.

El recordar constantemente al Jesús de la cruz, puede significar un castigo auto impuesto que inconscientemente no vemos. Eso representa un estancamiento de consciencia, una no evolución en el sentido que nos agarramos a la veneración de algo que representa nuestra propia torpeza y también el sentimiento más bajo del ser humano.

 

 

Mirar el dolor que le hemos provocado no erradica ese dolor, venerarlo no nos exculpa, sólo lo contemplamos sin ver realmente lo que representa.

Pensamos que el agarrarnos a esa imagen nos salvará, si Él nos ve sufrir por ello, pero lo que ignoramos es que lo que realmente nos salvará son sus enseñanzas, lo que nos quiso transmitir con su amor.

Si nuestra mente no viviera en constante crítica, entre la dualidad del “bien y el mal”  quizás ese pasaje de la vida de Jesús tuviera para nosotros  otro significado, el de aprender de nuestros errores para poder evolucionar, sacando el necesario provecho incluso de las situaciones de dolor.

                                                                

                                                                                             Ying y Yang

 

 No busquéis la ley en las escrituras, porque son obra muerta.

En todo cuanto vive esta escrita la ley, la hallareis en la hierba, en la montaña, en los pájaros del cielo, en los peces del mar.

 Dios no ha escrito la ley en libros, si no en vuestro corazón y en vuestro espíritu.

Manuscrito en Arameo ( evangelio de los esenios)